viernes, 17 de septiembre de 2010

Prefacio.

Marion observaba a la mujer que se erguía con imponencia frente a ella. Aquella sonrisa macabra la tenía completamente hipnotizada; era como si brillara con la luz de dos lunas. Los ojos que le devolvían la mirada eran dos pozos oscuros en cuyo fondo titilaban débilmente un par de esmeraldas envenenadas.
—Vamos, di algo —exigió la mujer de la sonrisa radiante con mofa, acortando un poco la distancia entre ella y la chica—. ¿Qué le ha pasado a la conferencista de la aldea?
Marion tragó saliva y comenzó a retroceder con lentitud, pero pronto sintió cómo el tronco de un árbol chocaba contra su espalda y soltó un grito de sorpresa. El terror entorpeció su mente confusa, aniquilando la idea del escape o la defensa. Ahora no era más que un conejo indefenso ante un lobo excepcionalmente fascinante.
—Creí que éramos amigas. —Fue lo único que pudo farfullar.
—¿Amigas? ¿Nosotras? ¡Por supuesto que nunca lo fuimos! —replicó la mujer con una carcajada sarcástica—. ¿No te has dado cuenta de que ni siquiera nos conocemos? ¡Contéstame cuando te hable, estúpida!
—¿No has sido tú quien ha estado siempre aquí?
La chica no tuvo que esperar mucho tiempo para sentir las consecuencias de su atrevimiento. Un instante después, una mano gélida se enroscaba alrededor de su garganta con una fuerza inconcebible.
—Presumes ser superior, pero en realidad eres tan humana como todos —siseó la mujer acercando su boca al oído de Marion y aumentando la fuerza con la que su mano la estrujaba—. ¿Alguna vez te has concentrado en dejar de ver para poder observar, de oír para escuchar y de sentir para pensar? Si realmente quisieras ser un animal racional, entonces a estas alturas conocerías mi nombre, mi procedencia y mi relación con tu pueblo.
—¡Suéltame! —gruñó la chica, medio asfixiada.
—¡Ahora ni siquiera oíste! ¿Te esforzarías si te dijera que de esto depende tu vida?
Las esmeraldas envenenadas chispearon bajo la luz de las estrellas. Marion reconoció en ellas la auténtica amenaza de la Muerte y, por un momento, olvidó respirar. Su campo visual giraba como en un carrusel. Sintió a la adrenalina correr por sus venas, pero aquella imperturbable sonrisa le indicó sutilmente que ya era demasiado tarde para todo.